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Público·19 miembros

“El que tiene oídos… EL HERMANO MAYOR”

En La Voz de Jaime Ovalle... "La Voz de las Reflexiones"


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Hay heridas que no vienen de extraños, sino de quienes deberían amarnos. Cuando esas heridas alcanzan el corazón de una madre anciana, dejan cicatrices que el tiempo no siempre logra borrar.

LA HERENCIA PEDIDA ANTES DE TIEMPO:

   En la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11–32), el hermano menor pide al padre su parte de herencia antes de que este muriera. Aunque estaba dentro de sus derechos, culturalmente era una afrenta imposible de ignorar: era como decir públicamente “prefiero que estés muerto”. Esa acción se convirtió en un símbolo de ruptura: no solo huía del hogar, huía del vínculo con su padre.

Por capricho, por egoísmo, por deseo de independencia a toda costa, traicionó un lazo que solo el amor verdadero puede sanar.

NOÉ, CAM Y LA DESNUDEZ: EL PESO DEL DESPRECIO

 Otro episodio intensamente significativo se encuentra en Génesis 9:20–27. Después del diluvio, Noé, en un momento de debilidad, se embriaga y queda desnudo. Cuando Cam lo ve, no lo cubre ni lo honra, sino que lo humilla, narrándolo sin reparar en la dignidad de su padre. En contraste, Sem y Jafet actúan con respeto, cubriéndolo sin siquiera mirarlo directamente.

La consecuencia de la afrenta no recayó sobre Cam, sino sobre su hijo Canaán: una maldición que afectó a toda su descendencia.

Como si la falta de reverencia, más que la ofensa en sí, pusiera en marcha una cadena de consecuencias dolorosas e inevitables.

UNA HERIDA REAL Y RECIENTE: EL DESPOJO EN LA VEJEZ

 Recientemente, he visto cómo un acto legal puede herir más profundamente que cualquier condena moral. Una madre de más de 70 años, despojada de un lugar lleno de memorias y del amor de su familia: el juicio promovido por un hijo mayor no fue solo una demanda en tribunales, fue una puñalada al corazón familiar.

Cuando el propio hijo, que debería ser protector, en su egoísmo busca ventaja sobre la madre, lo que queda no es justicia, sino una herida imposible de cicatrizar.

Y aún más: plantea con crudeza la pregunta que atraviesa estas historias bíblicas — ¿qué legado sembramos cuando traicionamos el amor por ambición?

 Estas historias nos recuerdan que nuestras decisiones trascienden lo inmediato. La petición insensible del hijo pródigo y la afrenta de Cam hacia su padre iluminan cómo el egoísmo puede romper vínculos que estaban pensados para durar generaciones.

Hoy, más que nunca, podemos elegir lo contrario:

- Honrar a quienes nos dieron vida, especialmente cuando su fragilidad nos exige ternura.

- Cubrir su desnudez, no solo la física, sino la emocional, con respeto, cuidado y gratitud.

- Ser herederos de amor, no de disputa. Que nuestras acciones sean huellas de misericordia y no heridas que perduren en las generaciones venideras.

Quizás aún estemos a tiempo de regresar, no solo con leyes, sino con compasión. Porque más que ganar una batalla legal, lo que realmente importa —y cuenta eternamente— es cómo tratamos a quienes nos dieron todo.


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